Cuando el ángel llego a romper hasta el más remoto de los recuerdos de su amada, se echó
a llorar.
No pudieron sus ojos soportar tal amargura, tal desconsuelo.
Ya no podía revivir, reconocer o recordar el rostro de aquella
mujer que durante tanto tiempo tuvo a su lado.
Tantos fueron los años que vivió al lado de ahora su
desconocida mujer, que el polvo cubrió sus manos en la espera de una caricia
eterna que nunca llegó.
Más, ahora no quedaba nada, solo el silencio que entristecía
aun más un panorama que se veía desolador.
En un momento el hombre se quietó, y pensó:
-Si tan solo un segundo perdido de mi vida lo hubiera ocupado
en entregar un poco de todo lo que me guardé, la tristeza no me quitaría el aire hasta
ahogarme en mi propia amargura como lo está haciendo ahora-.
Reflexión: Más vale desempolvar nuestras manos y expresar lo
que sentimos, a dejar que nuestro tiempo se pase sin previo aviso.