Hace 40 días que no veía otra cosa más que la oscuridad de
las paredes que lo tenían preso. Había en ellas un olor hibrido a moho y tierra húmeda. Lentamente abrió sus manos, las
sintió secas, dolidas, finitas. Toco su
rostro, que a esas alturas era irreconocible hasta para él mismo, y sintió el profundo pesar de la desolación.
Nunca pensó que la
necesidad de ver el sol podría ser superior a sentir sed, hambre o frio.
Pasaron los días, perdió toda conciencia de sociabilización,
y con ello la esperanza de volver a “sentir” lo que había perdido.
Una mañana alguien abrió la puerta que coartaba su libertad.
Naturalmente, se sintió agobiado, hacia mucho que no veía a otra persona. Se incorporo,
y lentamente subió la mirada. Pudo ver a un hombre delgado e imponente a la
vez. – Vamos, sal. Le dijo. Al ver el hombre que no podía separar su frágil cuerpo
de la tierra, lo cogió y empujó hacia afuera. Era un día soleado, magnifico.
Al parecer él no se percato de esto, y rompió en llantos. No
pudieron hacer nada para sacarlo de la angustia que lo aquejaba, y finalmente
no pudo recuperar “aquello que había perdido antes de que lo acribillaran, en
aquel día soleado, magnifico”.
Reflexión: todo lo que se nos ha sido quitado, tiene que ser
devuelto de forma paulatina y sutil, puesto a que somos seres frágiles y
susceptibles a los cambios que se suscitan en la vida. Mas si actuamos con
tolerancia y respeto, podremos ser capaces de incorporar todo aquello que
necesitemos para ser felices.