martes, 20 de julio de 2010

Cielo
Una estrella fugaz partió el cielo esa noche. Era un cielo especial, iluminado por las estrellas que se repartían en el tranquilo océano comandado por una luna menguante que invitaba a soñar, y eso fue lo que hice. Me pare y comencé a correr, era extraño porque a medida que avanzaba me iba dando cuenta de que mis piernas no podían el peso de mi cuerpo, tanto que caí a un suelo frondoso lleno de minúsculos seres que se repartían en él. Nunca me había dado cuenta de que el suelo donde piso está lleno de vida, pensé. Pero, en realidad ¿quién lo hace? No necesitaba darme una respuesta. Quise pararme pero no pude, mis piernas no recibían la orden, y allí me quede por un buen rato, hasta que vi pasar a una persona. Hey! Grite, pero no me escucho, o tal vez no quiso hacerlo. Me empecé a desesperar, no sabía qué hacer y ya se estaba oscureciendo. Levántate cuerpo! dije, pero fue inútil ni él ni nadie hizo caso. Ya había llegado la noche, así me lo manifestaba la luna, ella gloriosa en su cielo y yo tirada en medio de la nada. Pasaban las horas y con el mil ideas por mi mente, no sabía dónde estaba ni que iba a ocurrir conmigo.
Una luz tenue comenzaba a abrazar mis piernas aun dormidas. Pasó por mi lado un anciano, que al principio no reconocí como persona, era un hombrecillo con ojos muy pequeños y una boca a la que le faltaban ciertos dientes, pero que importa. Me balbuceó algo, pero no entendí, a esa hora ya no importaba entender, solo que me sacaran de ese frio lugar. El correr de las horas ya se había hecho sentir en mi cuerpo y es mi estomago. ¡Ayúdeme por favor! Le dije, el anciano no me contesto, se quedo allí parado como si no entendiese lo que le intentaba decir. Le grite más fuerte, por si tenía algún problema de audición, y efectivamente lo tenía. El viejecillo llamo a su nieta, una niñita no muy parecida a él. El hombre la llevo hacia un lado prudente, lejos, para que no pudiera oír la conversación, Luego de un rato se fueron sin decir nada, me dejaron nuevamente sola en aquella planicie desolada. Trate de ponerme en pie, pero fue inútil, ya no solo mis piernas se quedaron muertas, también lo hacia mi esperanza. De pronto escuche una sirena, ¡una ambulancia! Pensé de inmediato, el sonido se hacía cada vez más ensordecedor, pero no lograba ver el vehículo. Tal vez estoy delirando, me dije, cuando una nube espesa comenzó a envolverme.
Desperté en una especie de camilla, al parecer estuve un buen tiempo sedada, de apoco me incorpore y comencé a mover mis piernas. ¡Responden! Grite con felicidad.- Por supuesto que responden - dijo la enfermera que estaba a mi lado, - ese era el fin de la operación-. No entendí lo que ocurría. Puse mi espalada nuevamente sobre la camilla y mire hacia el techo, había un gran ventanal en la habitación, desde allí se podía ver el cielo.