jueves, 22 de julio de 2010

Invitación a descongelar el corazón


Día frio, como la mayoría de este mes. Salí de mi casa lo mas abrigada que pude, no importaba lo ridícula que me veía con todas las ropas que llevaba o lo poco combinado de los colores, porque realmente el frio aturdía y golpeaba con fuerza, mas aun a las 6.30 a. m. En la calle como era de esperarse no había ningún alma; emprendí el camino por una oscura vereda hasta llegar al paradero de buses. Cuando estaba por llegar a mi destino, vi una especie de bulto acomodado contra el muro de un estacionamiento. Me acerque. Se escuchaba una respiración fuerte, profunda, dolorosa. Era una anciana de 70 años app, muy delgada y tiritona. Me quede parada viendo como una persona mayor puede soportar lo más ingrato del ser humano, el egoísmo. La ancianita se dio cuenta de mi presencia, se intento mover, pero no lo logro, era como si el hielo de esa mañana le hubiera calado hondo hasta los huesos. Los pocos cartones que usaba como “frazadas” claramente no le eran suficientes para combatir los estragos de la naturaleza. Decidí pasarle mi chaqueta, mientras lo hacía pensaba en lo que significaba ese acto, en el frio que comenzaba a sentir y en el reto de mi madre quien me la había regalado. Pero, el semblante de la ancianita me bastó, realmente me sentí bien, y me alegro de no haber caído en el egoísmo en que muchas veces caímos, por vernos siempre nuestro propio ombligo.
Moraleja: Hacer acciones bondadosas trae consecuencias. Llegue tarde a mi destino porque me tuve que devolver a buscar abrigo. El reto de mi madre se convirtió en abrazo y ese fue un buen día.